Wednesday, June 10, 2009

Delincuentes con armas del Estado

Nosotros pagamos el arsenal de los narcos...
Por: Dina Fernández
Tengo el extraño privilegio de vivir en la calle aledaña a la residencia del presidente Álvaro Colom. Eso me hace acreedora al derecho de observar al pequeño ejército que todas las mañanas se apelotona en el callejón auxiliar que sirve de entrada a ambas lotificaciones.Además de los tres coleros de la caravana presidencial, hay por lo general dos paneles de la comisaría trece y uno o dos picops con la palangana llena de soldados en traje de combate.Un día estábamos esperando que el guardia nos abriera el portón del condominio, cuando noté que mi hijo de seis años miraba con suspicacia al batallón del Presidente y con esa lógica implacable de los niños me preguntó: “Mama, los soldados y los policías que cuidan al Presidente, ¿son buenos o son malos?”.¿Qué puede contestarle una madre guatemalteca a un niño que debe crecer con los pies bien sembrados en la realidad? “Pues depende m’hijo, depende”. Avanzamos unos metros y el niño siguió elaborando un razonamiento acorde con su inocencia: “Yo digo que son buenos mama. Si fueran malos no les darían todas esas pistolas”.Menos mal mi chiquito todavía no lee periódicos y no se ha enterado de que los narcotraficantes del país están armados y apertrechados con un arsenal que pertenece al Ejército de Guatemala y fue comprado con el dinero de los contribuyentes.Es el súmmum del absurdo: los delincuentes en nuestro país no sólo se la pasan risa y risa, desplumando y aterrorizando a la población, plenamente confiados en el imperio absoluto de la impunidad. Ahora resulta que hacen su “trabajo” con armas que pagamos nosotros.Vean qué belleza: aquí subsidiamos al crimen organizado. Los “nenecos” no se conforman con ganar millones en extorsiones, secuestros y comercio de droga… ¡También se las han ingeniado para que seamos nosotros quienes cubramos sus costos de maquinaria y equipo! Y ni hablar de la capacitación: también es cortesía de la casa cuando reclutan miembros de las fuerzas de seguridad.¿Qué nos pasa? No en vano dicen los funcionarios del mundo civilizado que nos hemos convertido en un paraíso de criminales. El sistema funciona exactamente al revés, protegiendo e incentivando a quien viola la ley, no a quien la respeta.Lo más triste es que ante el caos que reina en la Policía Nacional, donde al parecer nadie puede –¿o nadie quiere?– iniciar un auténtico proceso de rescate institucional, el Ejército sigue siendo, en el imaginario de los guatemaltecos, como la caballería en las películas de vaqueros: esa autoridad poderosa capaz de llegar en el último momento a componer la situación y salvar a la damisela en peligro.A juzgar por el cuidado que tienen para cuidar su propio armamento, me pregunto qué podrían hacer por el resto de nosotros.Como en todas las instituciones del Estado, hay militares decentes que seguro han de sentirse tremendamente abochornados ante la posibilidad de que en nuestro país ocurra lo inverosímil: ¡que las mafias le roben las armas al propio Ejército!El asunto merece una explicación, porque nadie es tan bestia como para tragarse el cuento de que esto fue un asalto furtivo. Según recuerdo yo, aquí a la tropa se le aleccionaba para defender el fusil con la vida. Así que no hay tales: el asunto huele a complicidades de alto rango. Los oficiales dignos de la institución armada deben actuar como corresponde y desenmascarar a los corruptos que le hacen los mandados a los capos. No se puede permitir que esa gente siga medrando a costa de la mayor parte de soldados y oficiales, esos mismos a quienes les roban sus pensiones y les regatean el salario, a quienes mandan al campo sin botas o las provisiones mínimas.En Colombia, donde también han habido problemas serios de corrupción en las fuerzas de seguridad, se logró rescatar a las instituciones. Eso desde luego no significa que no haya “garbanzos negros” como dice aquí el jefe de la CICIG, pero han logrado convertirlos en excepciones.El mismo camino hay que emprender en Guatemala. Y para eso se necesitan dos cosas: un acuerdo político entre los factores de poder y personas dispuestas a tomar riesgos en la defensa del país.Salidas hay. El problema es que demasiada gente se ha acomodado en las parrillas del infierno. Vea www.dinafernandez.com

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